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VIENDO LA GLORIA DE DIOS
26.DICIEMBRE.2009

En este día, deseo que me acompañe a la palabra de Dios, vamos a Mateo 17:1-6.
Esta palabra nos habla de cómo Jesús fue transformado por el poder de Dios y estos tres hombres pudieron ver efectivamente a Cristo no como el cordero inmolado sino como el león de Judá. (2 Pedro 1:16-18, "Cuando les dimos a conocer la venida de nuestro Señor Jesucristo en todo su poder, no estábamos siguiendo sutiles cuentos supersticiosos sino dando testimonio de su grandeza, que vimos con nuestros propios ojos. Él recibió honor y gloria de parte de Dios el Padre, cuando desde la majestuosa gloria se le dirigió aquella voz que dijo: «Éste es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él") Esta experiencia sobrenatural que vivió Pedro, le permitió escribir un mensaje férreo, dando testimonio que ese mensaje apostólico que el daba no estaba fundamentado en hechos mitológicos o fabulas ingeniosamente inventadas, sino que estaba guiado por el poder y gracia del Señor.
En el antiguo pacto antes que Jesús viniera por primera vez, sólo a Moisés le fue permitido ver la gloria del Señor. Bajo el nuevo pacto, todos nosotros tenemos el privilegio de mirar, de ver la gloria de Dios. (2 Corintios 3:18, "Así, todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados a su semejanza con más y más gloria por la acción del Señor, que es el Espíritu").
La pregunta que surge del pasaje de Mateo 17, es ¿por qué si el nuevo pacto nos da el privilegio de mirar la gloria de Dios, por qué tan sólo 3 de los 12 discípulos pudieron ver a Jesús en todo su esplendor? La respuesta para esto es que ellos eran los que espiritualmente estaban listos para ver la gloria de Dios, tenían sus ojos espirituales abiertos, sus oídos espirituales despiertos y su corazón dispuesto. Esto mismo nos pasa a nosotros en el día de hoy. La promesa no ha cambiado, Dios no ha invalidado su nuevo pacto, Él desea que todos le conozcamos en todo su gloria para que nuestra vida sea transformada, pero ¿qué nos aleja de su presencia? El mundo, las vanaglorias de la vida, las pasiones juveniles, creemos que todo lo que dice la biblia es ficción y entonces decimos ¿para qué creer?
2 Corintios 3:18 nos da la clave de lo que debemos hacer para ver la gloria de Dios, para que esas experiencias sobrenaturales nos permitan cambiar nuestra vida. Pedro vivió esta transformación, pasó de ser un hombre temeroso a un hombre férreo dispuesto a defender lo que creía.
¿Cuál es la gloria de Cristo?, usted dirá ¿qué es lo que vale la pena buscar?
La gloria de Cristo es, que él comparte el trono del Padre, que él es la cabeza de la iglesia, poseedor y dador de toda la plenitud de la gracia divina, el Juez venidero del mundo, vencedor sobre todo poder hostil, intercesor a favor de los suyos, y, en resumen, portador de toda la majestad que le pertenece.
Ahora teniendo claro lo que busco, veamos cómo podemos ver esto de acuerdo a la palabra. Lo primero que nos dice este pasaje es que debemos tener el rostro descubierto, a diferencia de lo que hacía Moisés que se cubría el rostro para que nadie viera que la gloria se iba acabando, nosotros debemos tener la cara descubierta. Podemos mantener nuestra cara descubierta confesando y abandonando el pecado, siendo totalmente francos con el Señor y con nosotros mismos. Como dijo un misionero en la India, hemos de dejar caer los velos del pecado, del fingimiento, de la hipocresía, de falsas apariencias, de todo intento de contemporización, de toda medida a medias, de todo si pero no.
Al ocuparnos con la gloria del resucitado, ascendido y exaltado Señor Jesucristo, vamos siendo transformados a la misma imagen. Aquí tenemos en una sola palabra el secreto de la santidad cristiana, ocuparnos de Cristo. No con ocuparnos del yo, esto trae derrota. No por ocuparnos con otros, esto trae desaliento. Sino por ocuparnos con la gloria del Señor, así es como nos vamos asemejando a él. Este espejo no es para que veamos la imagen de Jesús, debemos poner nuestra mirada fija en el espejo para ver más allá y entender que Jesús tiene cosas grandes para mi vida, que están más allá de lo que mis ojos pueden ver.
Este maravilloso proceso de transformación tiene lugar de gloria en gloria, es decir de un grado de gloria a otro. Filipenses 1:6, "Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús". Esta transformación no es un cambio instantáneo. No hay experiencia en la vida cristiana que nos haga reproducir Su imagen en un momento. Es un proceso, no una crisis, no es una gloria que se desvanece como la de la ley, sino una gloria siempre creciente.
Lo tercero que debo entender es que este maravilloso proceso es guiado por el Espíritu Santo. Al contemplar al Señor de la gloria, deteniéndonos en Él, mirándolo atentamente, observándolo con adoración, el Espíritu del Señor obra en nuestra vida el maravilloso milagro de la creciente presencia de Cristo en mi vida. Esto lo podemos ejemplarizar con el testimonio de Esteban. (Hechos 7:55, "Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, fijó la mirada en el cielo y vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios. ¡Veo el cielo abierto —exclamó—, y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios! Entonces ellos, gritando a voz en cuello, se taparon los oídos y todos a una se abalanzaron sobre él, lo sacaron a empellones fuera de la ciudad y comenzaron a apedrearlo. Los acusadores le encargaron sus mantos a un joven llamado Saulo. Mientras lo apedreaban, Esteban oraba. —Señor Jesús —decía—, recibe mi espíritu. Luego cayó de rodillas y gritó: — ¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado! Cuando hubo dicho esto, murió") Estas palabras son muy parecidas a las que dijo Jesús en la cruz, lo que demuestra que Esteban fue transformado al ver la gloria de Dios, fue transformado a imagen de Cristo.
Para concluir, mientras que un solo hombre tuvo la gloria en su rostro en el antiguo pacto, en la actualidad es el privilegio, adquirido por la sangre de Cristo, de cada hijo de Dios. Asimismo, en lugar de meramente reflejar la gloria de Dios en nuestros rostros, todos nosotros en el nuevo pacto vamos siendo realmente transformados, a la misma imagen, por el Espíritu del Señor. El rostro de Moisés reflejaba la gloria mientras nosotros irradiamos la gloria desde el interior, desde nuestros corazones.
Mientras te preparas para rendirte al Espíritu Santo, morir a tu yo, y moverte dentro de la maravillosa presencia de la gloria de Dios, quiero compartir un versículo que puede ser un aguijón en nuestro costado. Salmo 32:9, "No seas como el mulo o el caballo, que no tienen discernimiento, y cuyo brío hay que domar con brida y freno, para acercarlos a ti". Sabes que hace un caballo corre hacia adelante y es impaciente. ¿Y el mulo? Es tan terco que no se mueve. Uno corre demasiado y el otro no se mueve. El mensaje es que el caballo corriendo se apartará de la presencia de Dios y se apresurará hacia la carne, mientras el mulo se muere en la carne.
Por favor ora conmigo:
Padre, me rindo a Ti completamente ahora. Te entrego todo a ti, mi cuerpo, mi alma, y mi espíritu; mi familia, mi empleo, mis finanzas, mis debilidades, y mis fortalezas; mi pasado, presente y futuro. Todo lo que soy, por la eternidad. Te pido, Señor, que me des un corazón arrepentido de todo lo que he hecho que te ha herido; todos mis pecados, mis iniquidades, mi frialdad de corazón, y mi falta de confianza. Te pido que me des el poder para volverme atrás y caminar en dirección contraria, de forma que te agrade. Espíritu Santo, te doy la bienvenida en mi vida ahora. Te alabo y te amo. Te pido que me ayudes a recibir las cosas que he pedido al Padre por medio de Jesús. Ayúdame a tener compañerismo y comunión contigo, pues en realidad no sé hacerlos por mí mismo. Hazme totalmente consciente de tu presencia y permíteme oír tu voz. Prometo obedecerte. Señor Jesús, úngeme con el Espíritu Santo al aprender y obedecer. Dame tu poder para tocar a aquellos que están a mi alrededor y a aquellos que Tú pongas en mi camino. Muéstrame qué es lo próximo que debo hacer. Ayúdame a nunca pasar por alto tu comunión. En el nombre de Jesús Mi Señor. Amén.

 

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